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No es falta de amor: cuando el miedo nos deja sin palabras

Hay momentos en la crianza en que el silencio no aparece porque no queramos hablar, sino porque no sabemos cómo hacerlo sin equivocarnos. Muchas madres, padres y cuidadores cargan con una sensación difícil de explicar: el deseo genuino...

5 de agosto, 20263 min de lectura

Hay momentos en la crianza en que el silencio no aparece porque no queramos hablar, sino porque no sabemos cómo hacerlo sin equivocarnos. Muchas madres, padres y cuidadores cargan con una sensación difícil de explicar: el deseo genuino de acompañar bien mezclado con un miedo profundo a decir algo incorrecto, inapropiado o dañino. Entonces, sin querer, el miedo se transforma en quietud: no se responde, se posterga, se cambia de tema y después llega la culpa.

El miedo no aparece de la nada

Este miedo no es casual, tiene historia. Para muchas personas, hablar del cuerpo, de las emociones, de los límites o de la intimidad nunca fue algo simple. Quizás estuvo rodeado de silencios incómodos, advertencias, burlas o castigos; quizás no hubo palabras, o hubo palabras cargadas de vergüenza. Cuando hoy intentamos hablar distinto, ese pasado se activa y el cuerpo recuerda antes que la mente.

Por eso, a veces, aunque queramos decir algo amoroso, el miedo gana espacio. Nombrarlo en privado -“esto me cuesta porque nunca me lo enseñaron”- puede bajar la exigencia y devolver humanidad al proceso.

Callar no siempre es desinterés

Desde fuera, el silencio puede parecer distancia, pero muchas veces es exactamente lo contrario. A veces puede significar: “me importa tanto que temo hacerlo mal”. El problema es que el miedo, cuando no se nombra, termina ocupando el lugar de la conversación y, sin darnos cuenta, el silencio también educa. No porque sea una mala intención, sino porque deja preguntas abiertas sin contención.

No necesitamos respuestas perfectas

Existe una exigencia muy instalada: la idea de que para hablar de temas importantes hay que hacerlo de forma impecable, con seguridad absoluta, palabras exactas y cero dudas. Pero la crianza real no funciona así. Las conversaciones que cuidan no siempre son claras desde el inicio; a veces se construyen en varias partes e incluyen pausas, errores y correcciones. Eso también es válido.

Una buena práctica es volver sobre una conversación después. Decir “ayer te respondí muy rápido; quiero explicártelo mejor” le muestra a un niño que revisar, aprender y reparar son parte de un vínculo seguro.

El miedo se calma con acompañamiento, no con presión

Muchas personas intentan vencer el miedo forzándose: “tengo que poder”, “ya debería saber esto”. Pero la presión rara vez ayuda. El miedo se calma cuando hay espacio para aprender, preguntar y equivocarse sin juicio, cuando entendemos que no estamos solos y que es posible hacerlo paso a paso.

Hablar no significa perder el control. A veces tememos que, si abrimos ciertos temas, después no sabremos cómo sostenerlos. Pero conversar no es perder el control: es construir confianza. Cuando un niño siente que puede preguntar y que hay un adulto disponible, incluso si duda, se fortalece algo muy importante: la sensación de seguridad.

El amor no siempre suena fuerte. A veces suena tembloroso, torpe o incómodo, y aun así sigue siendo amor: palabras nuevas que se aprenden con tiempo, conciencia y mucha más amabilidad hacia uno mismo.

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